29 septiembre 2005

El mejor regalo de cumpleaños

Voy a escribir unas líneas que van a levantar ampollas en mi familia, estoy seguro, puesto que ya ha sucedido en más de una ocasión durante la corta vida de esta bitácora. Lo siento, así es la vida, me gusta escribir y no me muerdo la lengua aunque en ocasiones me la tenga que meter por cierta parte oscura y maloliente.

Hoy es mi cumpleaños. No lo digo para que me felicitéis los que leáis esto a tiempo (que no es por no felicitar, que si hay que felicitar, se felicita, pero felicitar pa' ná es tontería), es algo obvio, sólo tenéis que mirar mi perfil y para ver que mi edad ha mutado. He remarcado lo del cumpleaños porque en realidad casi ni lo noto. Es verdad, no me siento especial este día. Quizás sea el cumpleaños más baladí de cuantos haya tenido. Atrás quedaron esas fiestas con globos, piñata y los veintitantos amigos del colegio. Atrás quedaron las celebraciones con tarta en familia, pues por causas del destino (y del trabajo), haciendo excepción con mi madre, no pueden estar presentes. Y atrás quedaron los amigos, salvo un par de ellos que están pero no están.

Es costumbre en mi casa celebrar cumpleaños con regalos y tarta, tengas las arrugas que tengas. Pero yo esta vez no he compuesto lista de dádivas, aun siendo desde siempre alguien que acostumbra a hacer listados enormes. Realmente, no deseo cosas materiales, y las que podría querer son bastante prescindibles por ahora y sólo colaborarían en un atasco de hobbies. Lógicamente, este pensamiento ha despertado una preocupación enorme en mi familia, que no comprende mis no mencionadas razones (lo reconozco, no las he contado para evitar más erupciones en la piel), y dan a entender que soy un amargado que por nada tiene ilusión. Y están totalmente equivocados.

El año que acaba de pasar, aquél que comenzó en septiembre de dos mil cuatro y finalizó en agosto de dos mil cinco, quedará marcado en mi memoria siempre como uno de los más improductivos y tristes. De este año puedo recordar el peor cumpleaños de mi vida, en el que me dieron un regalo en forma de mensaje de voz, destructivo cual carta bomba. De este año puedo recordar mi fracaso académico. De este año puedo recordar muchas cosas malas que no voy a nombrar para no convertir esto en una especie de funeral. También puedo recordar momentos buenos, para qué nos vamos a engañar, pues en toda basura crecen flores, pero son insignificantes si se intentan equiparar a los malos. Y el destino, o el amor de mis padres, quiso que yo naciera un veintinueve de septiembre, en plena época de operación retorno, de vuelta al cole, y puesta en orden de la rutina del nuevo curso. Por tanto, este año me echo a la espalda dos patitos en plena época de retornos, y en el epicentro de los días en los que planifico una nueva vida, casi exento de lastres de mi pasado año dinamitado.

El veintinueve de septiembre de dos mil cinco debe marcar un nuevo antes y después de éste que escribe. Durante el verano he ido haciendo los preparativos en mi mente para estar listo el mismo día después de mi vigésimo segundo aniversario, con las maletas y el resto de toneladas de equipaje inclusive. ¿Comprendéis por qué no he hecho lista de regalos? Porque el mejor regalo que puedo tener es simplemente volver a empezar mi vida, y esta vez sí que partiendo desde un cero relativo, con los buenos tintes del pasado, pero sin los malos. Sólo de pensarlo soy tan feliz como si hubiera caído en mis manos una secuela de El Señor de los Anillos escrita por el único e inigualable Tolkien.

– ¡Dinio, Dinio! ¿Qué le pides al nuevo año?
– ¡Mucho amor, mucha salud, y mucha felicidad!

Creo que me estoy haciendo mayor… ¿o poco materialista? Todo es relativo.

PD: Este post rompe completamente con los esquemas de los anteriores, que habían conseguido ponerle la vitola de humorístico al blog. Pero he de decir a mis admirados lectores que me calificaron así que a veces también me pongo serio y rezumo melancolías, furias y pasiones. Así que ya sabéis, ponedme en la lista de blogs melodramáticos XD

Nota final: A pesar de todo, siempre cae algo, no podían ser menos mis padres, y añado así una nueva camiseta de Kukuxumusu a mi colección, con el dibujo que se puede ver aquí arriba.

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28 septiembre 2005

2ª Edición de El Relato Encadenado

¡Sí, ya está aquí! Una nueva edición de El Relato Encadenado se pondrá en breve en marcha, y todo internauta que quiera participar con un capítulo donde dé rienda suelta a su creatividad no tiene que hacer más que pasarse por el blog Asco de vida, donde se explica con pelos y señales las reglas y otros asuntos de semejante importancia. Por tanto, ya sabéis quienes me preguntasteis por la posibilidad de formar parte del plantel lo que tenéis que hacer. Yo ya me he apuntado, ¡por supuesto!

Sin más que contar, os dejo con el último post que he escrito (el de aquí abajo, vamos)

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El gallipato

Según el Cebolla, la mascota que yo necesitaba era un pez, una tortuga, una rana... cualquier cosa no domesticable de pequeño tamaño. El bicho me dejaría absorto en las horas entre comida y comida. Por supuesto, sería imprescindible mantenerlo encerrado en un lugar al que mis dedillos no tuvieran acceso y manteniendo una distancia de seguridad.

Así pues, me llevaron a la tienda de animales más cercana, que curiosamente era la de mayor prestigio de la zona debido a sus continuos negocios con especies animales poco comunes, tales como arañas antropófagas, serpientes albinas, y políticos inteligentes. Mi madre habría preferido que me decantara por un conejito, un pez, o un periquito, pero mi sino era flirtear con bichos cuanto menos resbalosos, y el Cebolla me había concedido total libertad de elección. La imagen que tengo guardada en la memoria del local era la de un lugar con paredes altísimas formadas por jaulas con rejas y habitáculos de metacrilato. La forma de la tienda era alargada, la puerta y el mostrador estaban unidos por un largo pasillo custodiado por las paredes antes descritas; aproximadamente por la mitad de la pared derecha se abría camino a una zona cuadrada con las mismas paredes, sólo que la del fondo tenía montañas de cajas, y en el centro había una mesa con plantas y otras cosas verdosas que no alcanzo a recordar. En la pared de la izquierda, junto a la entrada, se hallaban las jaulas de los perros, a continuación estaban las de los gatos y mamíferos de menor tamaño (véase roedores y criaturas no menos peludas), y más allá, hasta el mostrador, las jaulas de los pájaros. Había un par de loros y otras tantas cacatúas detrás del dependiente, parlando y cantando animosamente. Hasta aquí todo perfecto y pacífico, dentro de los límites de una tienda de animales típica, sonorizada con ladridos, maullidos, piares, aullidos... pero aún falta por describir la pared derecha, plena de criaturas siniestras.

Mi madre y mi padre, inmediatamente después de atravesar la puerta, se deshicieron en carantoñas ridículas con esos perritos que pasan media infancia en medio metro cúbico (con razón la mayoría, tras ser comprada cual mercancía inerte, sufre hiperactividad aguda hasta llegar a la chochera cánida) Sin embargo, yo me fui directamente, a pesar de estar sujeto por la correa de perro, para la pared de la derecha: peces del desierto, tortugas de Sodoma y serpientes peludas eran los animales especiales de la semana. No me convencían, así que estiré algo más la correa y alcancé a ver a las alimañas más cercanas al mostrador. Estaba presente la iguana de marras que alza el prestigio de toda tienda de animales, y en la misma celda acristalada, un pequeño bicho con cola larga, cuerpo aplastado y húmedo, y ojos saltones. Al principio, todo parecía estar en orden, pero en un abrir y cerrar de ojos el escamado se abalanzó sobre el resbaloso, ensalzándose en una cruenta batalla que duró la eternidad de medio segundo, lo suficiente como para que la iguana, lacerada, huyera de unos terribles pinchos surgidos de los costados del resbaloso. En ese momento su mirada y la mía se cruzaron, y yo me quedé perplejo, aplastando mi cara contra el cristal. Ya había decidido cuál iba a ser mi mascota.

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20 septiembre 2005

El niño serpiente

Lo prometido es mucha deuda, así que cumplo con mi palabra y retomo la actividad después de un parón por los exámenes más que decepcionante. Pero bueno, no me apetece hablar de la cruda realidad. Prefiero fantasear. Aquí tenéis la continuación de la historia de mi vida. Os recuerdo que el anterior capítulo fue el que aparece aquí.

*****

En la primera sesión con el psicólogo mis padres expusieron el tema mientras yo me entretenía chupando el lápiz solitario de la mesa.


– Por lo que me cuenta, esto es un claro caso de hiperactividad huracanada. Este pequeño – decía el Cebolla a la par que me arrancaba el lápiz de la boca para ponérselo en la oreja. – necesita una ocupación que le consuma la mayor parte del tiempo. Nada de parques con pelotitas ni ositos de peluche musicales. Eso potenciaría su agresividad, pues las pelotas las usaría como proyectiles, y está visto, por lo que me han contado, que los peluches los destroza.

– ¿Entonces qué debemos hacer?

– Cómprenle una mascota. Un perro sería ideal. Y cuanto más nervioso sea, más cansará al niño. Dentro de un mes pásense por aquí para ver la evolución.


No recuerdo el episodio con el perro. Tampoco han querido decirme nada. A saber qué ocurriría con el chucho. Pasado un mes, comencé a ir de forma asidua al consultorio del Cebolla (me llevaban, yo no iba solito) Una de las primeras determinaciones fruto de un aumento en mi nerviosismo fue llevarme con correa. Mi madre dijo que algo debería hacer con la que compraron para el perro, que sería una pena tirarla si estaba casi sin estrenar, y el psicólogo sugirió aquello. Sé que hay correas específicas para niños, pero tampoco se diferencian en demasía.

Me encantaba morder la correa. Recuerdo perfectamente esa sensación. Ayudado por la llegada de los dientes de leche solía morder fuertemente (todo lo que podía) con los incisivos y las encías la tela sintética, llenarla de saliva, esperar unos instantes, y comenzar a succionar el fluido contenido en la correa con otro ejercicio de presión. Se trata de un ritual que se asemeja al de las serpientes venenosas cuando atacan: muerden, inyectan veneno, y esperan a que la presa esté lacia para tragársela; yo no me tragaba la correa, sólo la volvía a morder para recoger otra vez la babilla. Siempre me ha gustado reciclar (aunque no clasificar la basura), y no iba a desperdiciar saliva así como así.

La segunda determinación tomada entre el Cebolla y mis padres fue ponerme delante de la televisión y ver cómo reaccionaba. Para ello era imprescindible tomar notas mientras yo la veía. Con la uno y la dos como únicos canales no había mucho donde elegir. He de decir que por aquel entonces la televisión aún se consideraba educativa; no quiero ni pensar qué habría sucedido si hubieran hecho eso conmigo en la actualidad, todos sabemos cómo son hoy día los niños y la televisión.

No obstante, en la siguiente sesión con el Cebolla hubo algo que le llamó especialmente la atención al analizar los resultados de las anotaciones: tenía afinidad con los bichos...

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16 septiembre 2005

El relato encadenado - Capítulo 14

Antes de continuar, lee esto: Si vas a leer este capítulo, el que cierra la primera vuelta de El relato encadenado, te recomiendo que antes leas los trece capítulos que anteceden a éste, pues dudo que entiendas algo si no me haces caso. Para acceder a mi sugerencia, entra aquí.

*****

[debería venir de La estrella del camino, pero su capítulo se publicó en Asco de vida...]

...
En la cabeza de Martin reverberaban las últimas palabras de Juliette, “ya deberías recordar que trabajas para el Vaticano”. ¿Él, trabajando para el Vaticano, una Institución casta? No se imaginaba vestido de Cruzado ensartando tangas de mujeres de mil esquinas.

- Juliette, yo ya no sé qué pensar. Aquí nadie me deja claro nada, cada cual me dice algo diferente. En tan sólo dos días, o tres, o los que sean, he pasado de ser Martin usando la identidad falsa de nombre John Smith, a trabajar para el Vaticano en una misión de… ¿caza de brujas? ¿La caza de los clones? ¿En qué coño quedamos, Juliette? ¿Soy un clon, una escoria de la sociedad con SIDA, o un hombre extraordinario con superpoderes?
- Martin…
- Perdona, llámame Bishop, Superagente Bishop. Al menos así me has llamado hace apenas dos minutos.
- Como quieras, Bishop.
- Superagente, superagente.
- Superagente Bishop, ¡como quieras! Uno de tus problemas durante tu inserción en la Congregación fue la impaciencia que te perdía y te sigue perdiendo a cada momento. No sabes escuchar. En cuanto oyes algo que no es de tu agrado, interrumpes con alguna de tus dudosas bromas, y a veces ofenden. Todos tuvimos una infancia difícil, Cliff, aunque hemos de reconocer que la tuya fue la peor de todas. Es por ello que tuvieron que realizarte un lavado de cerebro parcial, y ese es el detonante de tus pesadillas, y tus continuos desequilibrios.
- ¿Crees que nos matarán?
- En el mejor de los casos, sí. Estos malditos lameculos de la Casa Blanca tienen las cosas menos esclarecidas que tú, y pondría la mano en el fuego por lo que nos van a hacer.

Al hombre anteriormente conocido como Martin le satisfizo esa idea. Morir. ¡Joder, ya era hora! Tenía la vida por castigo. En todos esos asuntos oscuros en los cuales se vio envuelto a lo largo de su vida siempre había salido maltrecho, y sobrevivía para volver a despertar con el hilillo de sangre saliendo de sus fosas nasales, acostado en cualquier catre de algún cuchitril de ninguna parte. Se sentía como una hormiga dentro de un inmenso hormiguero de corrupción, trabajando a destajo sin saber siquiera si alguna vez llegaría a ver a la hormiga reina, sin saber para qué hacía todo eso.
Acabar su vida allí, junto a Juliette, sería bastante romántico y trágico. Podrían fantasear juntos durante el tiempo que les quedaba de vida. Ella sería Julieta y él Romeo, en una versión pornográfica de la celebérrima obra teatral. Su único deseo, ahora que veía tan cercana la muerte, era tener el mejor orgasmo de su vida, y por ello cambió radicalmente los derroteros de la conversación:

- Te pones muy suculenta cuando pareces preocupada y angustiada.
- Oh, Cliff, no comiences con tus jueguecitos de seducción, que siempre te llevas el gato al agua.
- Me lo llevo siempre que mi afortunada se muestra receptiva. Y tú lo estás bastante.
- Estamos hablando de algo muy serio, Cliff, es nuestra vida lo que está en juego. Nuestra vida y el proyecto por el que juramos fidelidad a la Congregación.
- Son tus senos los que recibieron mi juramento, siempre y cuando no pasara otro par ante mis ojos... ahora sólo veo los tuyos.

En una décima de segundo, Cliff rajó completamente las prendas de Juliette, como si fuera su último momento juntos, como si nadie los viera. Juliette no parecía muy dispuesta a seguir el juego, pero Cliff pedía más y más. Contra las rejas, la pared, sobre el váter, encima, debajo… los diferentes gritos confundían sensaciones de placer, dolor, y coraje.
Sucedió también en una décima de segundo que Cliff cayó abatido por los disparos que cruzaron la sala, las rejas, la celda, y, por último, su pecho. Las balas de plata son igual de mortales tanto para un hombre corriente como para un prodigio de la genética cuando atraviesan el músculo que nutre de sangre todo el organismo, sangre que en esos momentos manaba como un géiser en ebullición de su torso. El sufrimiento y el placer quedaron fundidos en el cerebro de Cliff como última sensación en vida. Ya no hubo más Martin, John Smith, Cliff Bishop, o Martin Bishop. Ya no hubo más 673, a menos que lo volvieran a clonar. Las células de su cuerpo inerte aún estaban frescas y dispuestas a colaborar en la perpetuación de su especie, la única y verdadera especie.

*****

Helen yacía inmóvil a su lado, con los ojos en blanco, horrorizada. La última víctima de ese violador había sido ella. En la habitación irrumpió la policía.

*****

Era sábado. La noticia del abatimiento a tiros del que fue su novio durante la adolescencia dejó confusa a Dana, que hasta ese momento disfrutaba de unos minutos de relajación en el sofá de su piso alquilado. Ella ya sabía que se había convertido en un demente ávido de sexo, pero hacía años que no tenía noticias de él, salvo las pequeñas reseñas de los periódicos e informativos de la televisión. No paraban de rondarle por la mente los recuerdos del pasado y las cosas que Cliff le contaba.

Había tenido una infancia difícil, con unos padres que no se querían. Él era un borracho que continuamente se llevaba al hijo al parque de atracciones como excusa para descargar la represión sexual que lo ahogaba con la contorsionista. Cliff contemplaba las escenas a veces, pero otras, cansado de ver lo mismo, se iba a la montaña rusa con la esperanza de poseer algún recuerdo agradable de su infancia. Durante la adolescencia, falto del calor familiar, encontró varias aficiones, tales como la informática y los cómics, y la conoció, a ella, Dana. Liberaba tensiones asaltando páginas webs ajenas, pero no iba más allá de las personales; los bancos e instituciones ilustres podían esperar. En su habitación solía acumular arrinconadas pilas de cómics de poca durabilidad; tan pronto los leía, los dejaba ahí, cogiendo polvo, excepto un cómic, el que fue la perdición completa de la cordura de Cliff.
Ese cómic había sido un proyecto fracasado de una desconocida editora de fascículos. La primera entrega y la página de inicio de una web incompleta fue todo lo que salió a la luz de una colección cuyo segundo número tenía previsto incluir en las contraportadas un código para entrar en la web y acceder a los típicos materiales exclusivos inútiles. Cliff no supo nada de ello, o no quiso saberlo. Él sólo veía tatuajes por doquier, ese que estuvo presente en varias de las viñetas del cómic.
Conforme pasaban los días, ella se sentía desplazada, pues Cliff se sumergía en las fantasías del cómic más y más, confundiendo éstas con la realidad hasta el punto de no distinguirlas. Fue por ello que acabó dejándolo, quitándose un lastre que le impedía hacer una vida normal, como el resto de las chicas de su edad.
Dos años después tuvo noticias de Cliff por un artículo de los periódicos: había violado a una joven de veinte años creyendo que era Sara, una de las protagonistas del cómic. No cesaba en su empeño de convencer a quienes lo detuvieron que ella había estado receptiva y que estaban cometiendo un error con él, pues no era un clon, sino el espécimen original. Al poco de darse a conocer la noticia, Cliff ingresó en un manicomio.
Cliff fue considerado como uno de los dementes más peligrosos del manicomio. Y de hecho lo demostró. Muchas veces tenía delirios, creyendo que lo tenían encerrado en una cápsula. Hasta que un día escapó. Allá por donde pasaba dejaba un rastro de mujeres violadas las cuales en declaraciones a la policía aseguraban haber escuchado a Cliff hablar sobre un tatuaje que ellas no tenían, y continuamente repetía los mismos nombres: Sara, Leo, Juliette y Dana. El hecho de mentar el nombre de su antigua novia dejaba entrever que nunca la había olvidado, e incluso la mezclaba con la trama del cómic. Siempre veía en toda cara de mujer a una de sus cuatro musas.
Hacía apenas dos días Cliff había hecho sonar el timbre de la puerta de una casa preguntando por alguien llamado Leo. Abrió una mujer que vivía sola, y de inmediato Cliff se avalanzó sobre ella y la forzó a realizar prácticas sexuales. En un momento de relax dejó a la mujer ir hacia el teléfono, y así pues, mientras él creía que habían llamado a la casa, ella estaba hablando realmente con la policía. Un rato después ésta irrumpió en la casa y logró reducir a Cliff con un certero golpe en la cabeza.
Durante la noche en la que fue devuelto al manicomio con una buena dosis de calmantes se quedó junto a él una enfermera para atenderlo en caso de urgencia, y a pesar de llamarse Helen, él la confundió con Juliette. Los calmantes no surtieron efecto, y Cliff volvió a desatar su locura y lujuria contra ella. Los gritos alarmaron al personal de seguridad, y sin dudarlo descargaron dos certeras balas en el pecho de Cliff, cortando el abuso de éste con Helen. Murió en el acto.

*****

Dana necesitaba despejarse un poco, tomarse una copa con sus amigos. No se acicaló en demasía y salió a la calle, dirigiéndose con paso ligero al bar de copas donde siempre quedaban. Después de rememorar su pasado le daba igual que tuviera pendientes varias órdenes de Clara y la Casa Blanca.

Fin... ?
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09 septiembre 2005

Un (nuevo) paréntesis

Mientras espero a que me cedan el turno en el relato encadenado, dejo la actividad blogera hasta el 19 de septiembre, día en el que termino los exámenes. Hasta entonces sólo publicaré el capítulo del susodicho relato.

¡Hasta dentro de 10 días!

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01 septiembre 2005

Comienza la cuenta atrás...

... para que en este blog se publique el último capítulo de El Relato Encadenado.

Decir a quienes no sepan de la existencia de tal acontecimiento bitacoril que se trata de una iniciativa surgida de la mente de un inadaptado. Toda la gente que ha querido se ha podido apuntar al juego, tan sencillo como escribir un capítulo del relato y dejar que lo prosiga otro, eso sí, manteniendo cierta cordura y relación con los anteriores. O al menos de eso se trataba. La cuestión es que ahora el relato va a llegar a su fin, a la espera de que Rakele me ceda el turno, y yo tengo que atar muchos cabos si no los ata ella antes, o dejarlos sueltos, ya que hay libertad creativa total a la hora de escribir.

Pronto, muy pronto, todo llegará a su fin...
Lo dijo un gallipato sobre las 14:25 Envíalo por email:
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