31 agosto 2005

El Cebolla

Con un año y medio subido a mi joven giba, mi madre había estado leyendo en una revista que los niños con predisposición a no dejar vivir a los padres necesitan el doble de atención, pues fruto del descuido los niños podrían evolucionar cual Pokémon a un estado de frenesí perpetuo, con el consiguiente mal a la sociedad en forma de asesinatos, atracos, y fumar cigarrillos. Por su puesto, mi padre dijo que no consentiría tener a un niño fumador en la progenie y pidieron cita para un psicólogo, el Doctor Cebolla.

Yo ya emitía ruidos por mi boca como embrión de palabras. No obstante no pude poner objeción a la decisión de enviarme al psicólogo. Los bebés, por desgracia, no tienen derecho a voto; de ser así, este mundo iría mucho mejor: habría piruletas gigantes por las calles en lugar de señales de tráfico, los tubos de escape de los vehículos expulsarían algodón dulce, y las cacas de perro serían de chocolate. Pero como la realidad es bien distinta, una buena mañana tuve la primera cita con el Doctor, al que a partir de ahora lo llamaré cariñosamente, por cuestiones de confianza, el Cebolla.

El consultorio era sencillo. Haciendo un gran esfuerzo memorístico puedo reconstruir el lugar: paredes blancas, con una puerta (lugar por el cual entramos), y unas ventanas, que llegaban casi hasta el suelo en la pared del fondo, cubiertas por unas cortinas blancas cuyos bajos rozaban con el mármol del piso. La mesa se situaba justo en el centro, y frente a ella había un par de sillas para los pacientes. Un único armario empotrado al lado de la puerta era el espacio de almacenamiento disponible (quizás hubiera un cajón en la mesa, un hueco suculento donde esconder objetos prohibidos) No había ordenador; por aquella época un objeto así era privilegio casi exclusivo de científicos y gente pudiente. Pero un psicólogo especializado en bebés desequilibrados no tenía una economía muy boyante. Juraría que un papel y un lápiz era todo lo que acaparaba la mesa.

El Cebolla solía rezumar sudor hasta empapar su camisa. Podría tratarse de un síntoma de inseguridad, mal asunto. Eso quizás explique todo lo que aconteció posteriormente.

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24 agosto 2005

El caos lácteo

[para leer la historia de mi vida desde el comienzo pincha aquí;
este es el sexto episodio]

No tenía intención de contar lo del bautizo, pero al final me fui de la lengua. Me quedé en que pasé a ser un baboso peludo.

Y precisamente por seguir siendo baboso, no soltaba el biberón. El zumo no era el único líquido alimenticio que formaba parte de su contenido. También lo era el agua y la leche. Cuando uno se hace mayor echa realmente en falta el biberón (y la teta), pues ya no te dan todo hecho. En cuanto se tiene la altura suficiente como para llegar a la encimera de la cocina, ya te ponen delante de tu cara bonita un Tetra Brik. Se nota que están hastiados de las lechadas sufridas al intentar abrir estos envases mágicos.

Si alguien conoce un método infalible para abrir Tetra Briks sin problemas que me lo diga. A lo largo de mi vida he probado con diversas formas que van desde la más básica a la más enrevesada:

1. Modo ensayo y error. Después de haber intentado en vano emplear el abre-fácil, cortas un pico de esos de sencilla apertura y te encomiendas al cielo para que al verter tan nutritivo fluido en el recipiente destinatario no le entre al envase una convulsa y comience a escupir una ráfaga intermitente de leche, con el consiguiente esparcimiento del líquido por encimera, suelo, mano… por todos lados menos en el vaso donde querías echarla.

2. Modo doble corte. El proceso y la explicación son sencillos. Este método trata de realizar dos cortes, uno en cada pico donde están situados los abre-fácil, de modo que por uno salga la leche, y por otro entre aire. A ser posible, el corte ha de ser más profundo en el pico desde el que se pretende verter la leche. Hay que tener sumo cuidado con no apretar demasiado el cartón la primera vez que se utilice, pues se corre el riesgo de sufrir una convulsión del mismo y los ya expuestos resultados fatales.

3. Modo corte y perforación. Como siempre, es necesario realizar un tajo en algún pico abre-fácil. El espacio por donde debe entrar el aire en este caso es en forma de perforación en la parte superior del cartón. Nuevamente, hay que tener cuidado de no apretar demasiado mientras se sostiene, pues podría producirse un efecto fuente lechosa no deseado.

4. Modo corte profundo. Se realiza un único corte lo suficientemente grande como para que quepa un trasatlántico. Así entra aire y sale leche por el mismo lado. No es recomendable este método, pues posiblemente el Tetra Brik quedaría tan endeble que no habría forma de cogerlo sin realizar un magnífico mosaico de lactosa alrededor.

Estos son los cuatro métodos que he llevado a la práctica a lo largo de mi vida, aunque me decanto por el tercero, más fácil de controlar. No obstante, el manejo de estos envases tan endemoniados sigue siendo un misterio y no se ha encontrado un método infalible. La leche siempre tenderá a salpicar toda la zona.

Nota: después de haber escrito este post pude experimentar con un Tetra Brik, y milagrosamente el abre-fácil funcionó. No obstante, la leche siguió haciendo lo que le vino en gana.

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17 agosto 2005

Bautismo, pecado Capital

En un abrir y cerrar de ojos pasé de ser un baboso pelón a ser un baboso peludo. Cómo pasa el tiempo.

Mi primera palabra fue ojú. Aunque me habría venido que ni pintado ser protestante, sufrí en mi cogote el agua fría de la pila de un cura de los de toda la vida, de esos que le pegan al jamón y a las gambas después de cada misa. Sí, lo sé, he pasado por alto el capítulo del bautizo, cosa entrañable, pero el mío fue bastante desagradable según cuentan las malas lenguas...

Existen principalmente dos versiones sobre los hechos:

  1. Versión real de los hechos (o sea, la mía)
    Después de todas las tonterías previas a la mojada, el cura cogió la palangana (aquí hay que hablar con lenguaje llano, no con cursiladas religiosas) y la introdujo lentamente en el agua bendita (curioso nombre para el agua en reposo dentro de una pileta cuyo origen es el cuarto de baño de la parte trasera del altar) Mi cabeza levitaba sobre ella mientras me sostenían con un par de manos el resto del cuerpo. En realidad podrían haberme aguantado mejor la cabeza, pues se llevaba más de la mitad del peso total de mi cuerpo, y por ello pasó lo que pasó. En un abrir y cerrar de ojos, mi cabeza perdió el equilibrio divino y fui a parar contra la mano y la palangana del cura. Todos los de alrededor resultaron salpicados con agua bendita gracias a mi generosidad cefálica y, por tanto, yo los bendije. Además de la bendición, al cura le regalé una fractura en el pulgar, motivo suficiente como para quejarse emitiendo un grito de dolor.

  2. Versión sensacionalista y tergiversada de los hechos (o sea, la de los malos familiares que conspiran contra uno)
    Parece ser que este cura había comido gambas antes del bautizo y no se había lavado bien las manos. Yo llevaba una camiseta con la marca del anticristo y se iba a organizar un aquelarre en plena iglesia cuyo clímax habría de ser el sacrificio del niño recién bautizado (yo) Los malos familiares no participarían en el ritual, pero habían ido para contemplar mi breve estancia en el Cristianismo. El cura ya tenía la mano y la palangana dentro de la pileta, y yo, poniendo los ojos en blanco y regurgitando a la par, lancé un ataque en picado sobre los anillos del religioso empleando para ello una lengua retráctil surgida inesperadamente de mi boca. El cura soltó un alarido por la pérdida de las joyas, por lo que se mosqueó y suspendió el ritual y mi sacrificio. Eso sí, lamentablemente salí bautizado de allí.


Juzgad vosotros mismos. Cada uno se monta su propia historia, pero lo cierto es que yo me vestí de marinerito con nueve años (un episodio con sus luces y sus sombras) y no me confirmé. Muchos dicen que el incidente del bautizo y las maldades de las mutilaciones, el zumo, la tapioca, la fuga de Alcatraz y demás son claros síntomas de haber practicado el ocultismo y mantenido contacto con meigas, lagartos y anfibios. Es algo sospechoso, pero yo sigo en mis trece, y por aquel entonces seguía siendo la versión empequeñecida de Ned Flanders niño. Nada más.

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15 agosto 2005

Expresión artística

Desde muy pequeño me ha gustado dibujar. Ya menos, la verdad. Ahora lo dejo para las grandes ocasiones y para momentos de inspiración divina. Pero con apenas dos mocos de altura me aficioné a los graffitis. No empleaba plastidecor ni sprays, sino el biberón. Los zumos de naranja son ideales para darles un tono pomelo a las paredes, y se consigue con suma sencillez; sólo hay que presionar la tetilla del bibe contra la pared, y ella solita se encarga de absorber el zumo. Esta forma de expresión artística fue fundamental para adquirir una capacidad de abstracción imprescindible a día de hoy en mis estudios.

Al borde de la desesperación, mis padres optaron por comprar la cantidad suficiente de peluches como para literalmente sumergirme en una montaña de felpa y pelos. Alguno venía equipado con música y todo, pero eran torpes intentos de parar al terremoto que había en mí; enseguida localizaba los dispositivos desde los cuales salía la música (generalmente las patas de los muñecos) y los rajaba con no sé qué (porque no tenía uñas fuertes y aún no me había salido un buen lote de dientes) para posteriormente alzar con risa maquiavélica y ojos rojos el trofeo. Realmente no sé si profería risas demoníacas y tenía ojos enrojecidos, pues hasta ahora nadie me lo ha querido aclarar. La cuestión es que si veía algún peluche sin dispositivo musical, en un arrebato de furia lo mutilaba con aleatoriedad, es decir, un día le tocaba sufrir a uno amputación de orejas, a otro, amputación de ojos, y así sucesivamente.

La bestia que había en mí (todavía un nene como otro cualquiera) comenzaba a florecer con estos ramalazos, pero aún restaba lo peor...
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12 agosto 2005

Menú: papilla de tapioca

Hablemos de gustos culinarios. Van íntimamente ligados a mis aficiones, pues el no parar de llorar tenía una componente considerable de hambruna. No me gustaban las moscas y larvas de tritones. Vuelvo a recordar que yo era completamente bebé. La papilla de tapioca casera era uno de mis manjares favoritos. También lo era el zumo de naranja en biberón, pero de esto hablaré luego.

La papilla de tapioca… qué gratos recuerdos. Mi padre, trabajador incansable donde los haya y hombre entregado a sus seres más allegados, adquirió tal pericia fabricando papillas con la minipimer que a veces yo no había empezado a sollozar y ya estaba con el tazón bajo el brazo. Introducía la cuchara cual pala en el potingue y la alzaba con medio kilo de carga. No se entretenía haciendo filigranas de avioncitos y cosas por el estilo, iba al grano: yo abría la boca y en una milésima de segundo la tapioca ya estaba en mis células sintetizando proteínas. Mi sistema digestivo era una bella metáfora de la sociedad actual: cuanto mayor fuese la velocidad de consumo, con mayor presteza solicitaba nuevas materias primas. Llegué a la velocidad de una papilla cada tres horas… mi padre dejaba pasar por alto algún grumo que otro flotante en la espesura de la tapioca pues su brazo no alcanzaba la velocidad de producción de un churrero.

Relativamente pronto me aburrí de darles la monserga a mis padres de esa forma. Me sentía en la necesidad de buscar otras formas de liberar la tensión.

Entonces llegó el biberón con zumo de naranja…
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10 agosto 2005

100% bebé

[...]

Tardé como dos días en acabar con la paciencia de los que me dieron la vida. Su hijito no paraba de llorar.

Pero antes de seguir con mi relato, creo conveniente aclarar una cosa: yo nací siendo un bebé con todas las de la ley, es decir, con dos brazos, dos piernas, poco pelo, gran cabeza y una gurrina arrugada. Nada de piel húmeda, cola y visión de 270 grados. Yo era completamente humano.

Aclarado pues este asunto primordial, prosigo.

La vida de un bebé como yo (y como todos, exceptuando Mozart y otros empollones de semejante calaña) se fundamentaba en llorar, comer, mear y cagar. Mi composición, según estudios estadísticos surgidos del hastío de mi engendrador masculino, era 80% lágrimas, 10% comida, 7% meadas y 3% cagadas. El hombre adulto tiene una composición basada en carbono, agua y otras cosas de nombre bastante espantoso, pero un baboso recién nacido comienza siendo lo anteriormente expuesto; la proporción puede variar con cada individuo. Prueba de ello es que el estudio realizado por mi educador macho lo aprobó la Universidad de Oxford, mas no sé dónde está el sello corroborante.

Algo extraño debería tener mi mirada, pues no tardaron en mandarme al exilio; pasé de compartir habitación con papá y mamá a estar solo en una propia, durmiendo rodeado por las rejas de una cuna-prisión. El tedio me invadía, de manera que opté por aficionarme a llorar como un poseso amagdalenado todas las noches, a todas horas; en cuanto mi madre aparecía por la puerta y se asomaba precavida por encima de las rejas, como si temiera la presencia en la cuna de un perro rabioso, yo soltaba una carcajada.

Pero el truco del almendruco que más impactó a mis dos sufridos padres fue la fuga de Alcatraz. No daré a conocer el mecanismo que seguí (los magos no revelan sus métodos), pero me las ingenié para salir de la cuna, cuyas patas la alzaban a medio metro del suelo, y aparecer en su habitación como si nada, despertándolos con cualquier sonido típico de un retoño como yo.

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09 agosto 2005

Los cimientos

Creo que ya va siendo hora de hablar en serio, de transmitir vida y milagros de un servidor. Escribir sobre nada lleva a eso mismo, a nada. Pero una de mis pautas para comenzar un relato es saber las frases que darán inicio y cierre a la historia. Si hablo en base al presente y al pasado, lógicamente no conoceré el final a menos que sea un visionario, pero por desgracia, o por suerte, según se mire, no lo soy. Por tanto, me conformo con tener un chispazo de ingenio y tener esa oración con la que ir formando la vía de paso del tren que ha de llevar las palabras del relato. Lo sé, acabo de decir una gilipollez, pero a veces viene bien hacerse el interesante con metáforas y demás recursos.

Mi nombre a nadie interesa. Mi físico tampoco. Quizás tampoco interese qué me acontece en el día a día desde mis primeros pasos con patucos. Mas, desdichados de vosotros, os toca sufrir esto último. Se puede considerar que la mayoría de visitantes de mi ciénaga me conoce, si no de sobra, sí lo suficiente como para tener conocimiento sobre mi desequilibrada mente; ora río, ora lloro. Pero, ¿alguno se ha parado a pensar las razones de este enfermizo e insufrible comportamiento tanto para uno mismo como para los demás? He ahí el sentido de todo esto… Espero que todos los lectores de la bitácora sean mayores de edad, pues lo que viene a continuación revela con pelos y señales cómo fue la llegada al mundo de un servidor:

Un buen día estaban mi padre y mi madre viendo la televisión. Por aquellos tiempos no se había inventado el mando a distancia por razones obvias: sólo existían dos canales de televisión, y por tanto el zapping no era tan necesario. Ya se sabe que el vicio y los placeres son los que empujan al progreso tecnológico; el correo electrónico surgió para contar algún chiste machista, y a pesar del transcurso de los años y de los intentos de darle un fin más instructivo, sigue transmitiéndose de generación en generación ese primer imeil. Mis engendradores estaban ensimismados viendo cómo Félix Rodríguez de la Fuente, en una reposición de El Hombre y la Tierra, mostraba en la palma de su mano un pequeño animalucho que se empeñaba en sacar las costillas por los flancos de su cuerpo como autodefensa.

- Qué asco de bicho. Cariño, levántate y pon la dos.

Mi madre no sabía que ese bicho tan asqueroso que llenaba la pantalla del televisor iba a acabar siendo su hijo. Mi padre, que por aquel entonces presentaba un estado de forma atlético San Miguel 0.0%, se levantó del sofá de skai, de esos que con el calor te quedas adherido a él, y se dirigió hacia el televisor. No sé por dónde andaría mi hermana, pero lo cierto es que al doblar el riñón para aproximarse a los botones del electrodoméstico en blanco y negro, mi madre tuvo un arrebato de pasión por el culito prieto de mi padre y así fue como surgió el amor.

Nueve meses después yo saldría disparado contra los azulejos de la clínica.
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08 agosto 2005

Un pedacito de cielo

Observen esta foto (hagan clic sobre ella para verla más grande y con todo lujo de detalles):

Realmente escalofriante, ¿verdad?

Podemos hacer un análisis detallado de todo lo que rodea a la foto, respecto al individuo que sostiene con una acrobática mueca semejante trócola, y respecto al ambiente que lo envuelve; del individuo de la derecha no hace falta hablar pues el protagonismo se lo lleva en su totalidad el de la izquierda.

¿Qué motivos empujan a un ser que puede considerarse humano poseer un objeto fumable muy identificado de tales dimensiones astronómicas? Analicemos el asunto desde lo más básico: el contexto.

Bien, la instantánea data de la madrugada del domingo 7 de agosto de 2005 (la noche entre el 6 y el 7 de agosto, para que lo entienda todo el mundo) Podemos observar una toalla que aísla los rectos de estos dos especimenes de la humedad que emite la arena existente en el suelo. Con ello se deduce que el momento se pudo localizar en una playa. Si hacemos un exhaustivo estudio de la arena, debido al grosor de las partículas de la misma se deduce que esta playa está situada en la costa gaditana… por tanto, llegamos a una conclusión con todos estos datos: estos dos personajes estaban en las barbacoas del LI Trofeo Carranza, en Cádiz. Un acontecimiento de tal envergadura desata la euforia de los más acérrimos playeros y aficionados a la cultura del botellón y el trocolón. Es comprensible pues la existencia de columnas de humo de alucinógena y laxante procedencia.

Ya hemos analizado el contexto de la situación. Quedan algunos cabos sueltos como por ejemplo de dónde se obtiene la materia prima para fabricar esos troncos mágicos, y qué industria papelera es capaz de fabricar pliegos que sacien la necesidad de este consumidor, pero ello lo dejamos libre para la imaginación. Sólo diré que no es complicado obtenerlo en estas tierras, donde los dos platos más típicos son la Caballa Caletera y el Porro Trompetero, ambos con aliño de calidad.

Calculemos las medidas del centro de atención de la foto: teniendo en cuenta la perspectiva y el ángulo desde el que se inmortalizó el momento, y tomando como forma geométrica aproximada del objeto un cono, tasamos el fetiche con una altura de dos cigarrillos y medio y una base de dos centímetros de diámetro. Las dimensiones pues son directamente proporcionales al gesto de felicidad del propietario; hay que tener mucha maña (que podría aprovecharse en otros cometidos más productivos dentro de una sociedad capitalista y consumista) para formar un cono casi perfecto, y es comprensible el orgullo del hacedor. En cuanto a la masa continente, depende de la concentración de sus componentes (la densidad); si observamos la comisura de los labios, la dentición y la dislocación del cuello y parte de la columna, todo esto confluye en un único propósito: sostener a toda costa el fetiche para evitar su caída y, por consiguiente, su posible fractura que mandaría al traste todo el trabajo de una noche memorable. De ese propósito se deduce claramente que el cono de la felicidad pesa lo suficiente como para no flotar en el agua y, por tanto, su densidad es mayor a la de susodicho líquido. Haciendo cálculos, el volumen del cono será no menor a 0,0000157 m3, y multiplicándolo por la densidad del agua (1000 kg/m3), tenemos un peso de 15,7 gr. Si la densidad es mayor que la del agua, llegamos a concluir que el cono contendrá más de 16 gramos de pura diversión.

Deberíamos hacerle un chequeo médico a esta persona, pues posiblemente su organismo no sea capaz de ingerir tanta concentración de toxinas sin afectarle de forma permanente al cerebro. No obstante, por el brillo de los ojos y la curvatura de sus párpados se deduce que sus neuronas ya han sufrido algún daño anterior durante la noche, y lo harán ulteriormente. Pero pensemos más allá de un único individuo. Las costumbres en una cultura en torno al porro tienen como uno de sus principales mandamientos el compartir y rular. El compañero de la foto está sospechosamente ilusionado si consideramos al cigarrillo aliñado propietario de un único par de pulmones, así que para eliminar esta contradicción optamos por pensar que el mismo será consumido por los dos integrantes de la instantánea, y así disfrutar de una noche inolvidable entre amigos.

Lo que no mata, engorda (y esto precisamente no engorda)

Por último, en un intento de hacer de éste un post activo, me gustaría saber qué título pondríais a la fotografía.

Nota 1 para evitar malentendidos: Las tradicionales barbacoas que se celebran todos los años tras la final del Trofeo Carranza tienen otros alicientes que animan a hacerse partícipe de la fiesta. No sólo hay porros, también existen barbacoas con pinchitos, filetitos, sardinas, música y, por encima de todo, un ambiente tan exquisito como variado. Si buscas bronca, te vas a la zona reservada para los niñatos; si buscas tranquilidad, te vas a la zona de las familias; y si buscas algo intermedio, tienes kilómetros donde elegir entre variopinta juventud.

Nota 2 para evitar malentendidos: Ninguno de los dos seres que aparecen en la foto son cercanos a quien escribe.

Nota 3 para evitar malentendidos: La foto no la hice yo, sino un amigo.

Nota 4 para evitar malentendidos: Si alguien se siente ofendido por la publicación de la fotografía, que me lo comunique y procederé inmediatamente a retirar la misma de esta bitácora.

Aviso de última hora: El texto en rojo es una actualización sufrida debido a posibles interpretaciones de este post como una oda al canuto y sus propiedades mágicas. En ningún momento he pretendido esto, sino todo lo contrario. Avisados estáis.

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06 agosto 2005

Los navegantes

Lloraban unos tristes pasajeros
viendo su pobre nave, combatida
de recias olas y de vientos fieros,
ya casi sumergida,
cuando súbitamente
el viento calma, el cielo se serena,
y la afligida gente
convierte en risa la pasada pena.
Mas el piloto estuvo muy sereno
tanto en la tempestad como en bonanza.

Pues sabe que lo malo y que lo bueno
está sujeto a súbita mudanza.

Félix María Samaniego

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Invéntate el título de este post

Cualquier excusa es buena con tal de no acostarse y no estudiar en otra calurosa noche de verano. Veamos, el problema es el siguiente: hace ya más de una semana que dejé de jugar al Comandos II, pues quería comenzar a coger ritmo de estudio; es más, la misma tarde del abandono me confeccioné un calendario fabuloso donde indicaba minuto a minuto las veces que debía miccionar de aquí a finales de septiembre, el número de comidas, horas de sueño, temarios a estudiar por día... Pero claro, es salir de un vicio (o estado de ociosidad) para entrar en otro (o mejor dicho, regresar a otro) Quiero volver a los blogs, quiero volver a adoptar ese ritmo de publicación del comienzo, con post nuevo cada dos días como muy tarde. ¿Y por qué digo esto? Sencillamente, porque es muy triste ver que no tengo historial en julio, que apenas he escrito cinco chorradas en estos tres últimos meses... y así no se puede mantener viva una bitácora.

Me encantaría tener una legión de lectores fieles, pero el primero que debe poner de su parte es un servidor. Por supuesto, le agradezco la fidelidad demostrada hasta cuando no daba señales de vida a un par de personas, quienes saben perfectamente que son ellas (sí, , que estás dudando, y también), pero ese número se queda corto, pues este blog alcanzó cotas de opiniones y visitas notables en ciertos momentos.

Considerando como seguras un par de visitas, me tomo la confianza de pedir a votación popular la temática a abordar en siguientes posts lo suficientemente polémicos como para dar el salto definitivo a la fama. No daré ideas, pero me comprometo a hablar de lo que más pidáis (Pipo y sus desgracias no, por favor, y tampoco Kikirikini).

Vale, este último párrafo habría estado mejor al final de toda esta amalgama de palabras, pero cada uno es libre de hacer lo que le dé la gana. Sin ir más lejos, Juan Ramón Jiménez usaba la jota hasta en la sopa… normalmente se considera aberrante escribir cojí, imajen y demás, pero si lo escribe un poeta, se considera arte. Así que nada, todo aquel que escriba haber en vez de a ver se puede autoproclamar sucesor de Juan Ramón Jiménez (siempre y cuando manifieste públicamente que usa deliberadamente al hablar semejante bestialidad) ¡Larga bida a los poetas del siglo beintiuno! A la vista está el cambio de tendencias: hemos pasado de disfrutar Platero y yo a degustar obras maestras como esta, o incluso de hombres más inteligentes y 100% spanish tortilla Sacromonte, como este pedazo de best seller (lo mejor son las sinopsis, delirantes). Sinceramente, antes que leer bazofias encuadernadas como esas, opto por leer auténticos best seller que no conocen edición impresa, razón aquí.

Esas son las maravillas de Internet, y también son la perdición de muchos (entre los que me incluyo) Encuentras de todo, y para todos, y en cantidades industriales. Yo, cuyo cerebro me se satura (recurso lingüístico made in castañuelas’ region) pronto, si me propongo ampliar horizontes blogísticos, no encuentro una bitácora que merezca la pena, sino tres o cuatro. Y así no se puede, pues volvemos al punto de retorno: cualquier excusa es buena con tal de no acostarse y no estudiar en otra calurosa noche de verano... y con tal de no escribir para mi retoño, mi ciénaga.

¿Qué? ¿Con cara de pasmado? Si te esperabas leer otra cosa, vota y opina diciendo qué quieres leer aquí. Se vende ingenio de gallipato.

PD: Pronto publicaré una nueva recopilación de palabras que me han marcado la vida.

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04 agosto 2005

Noche de verano

El viento de levante golpea con rotundidad la enorme persiana de dos metros de largo que se interpone entre el exterior y la ventana del cuarto. Son ya altas horas de la madrugada. Cuando no hay estentóreos aparatos de aire acondicionado, el sofocante calor se combate con arcaicos ventiladores de mesa equipados con aspas. Éste compite con el viento para ver cuál de ellos emite más decibelios que interrumpan la conexión habiente entre mis tímpanos y los altavoces del ordenador. Los altavoces están bastante ocupados casi las veinticuatro horas del día, es más, la ruedecilla para cambiar el volumen en cierta parte está floja y el volumen va y viene, no da para más. Eso se soluciona fácilmente: me muevo hacia delante si el sonido va, y hacia atrás si el sonido viene, y no notaré diferencia de nivel al tiempo que ejercito mis abdominales cual modelo de anuncio de teletienda.

"La vida es más fácil de lo que crees", me he dicho mientras escuchaba Hablar por hablar. Y por eso, he apagado la radio y he vuelto a mis altavoces de PC, para tararear todo menos canciones de amor. Esas me matan. Estoy cansado de las canciones de amor. Lo único que consiguen es llenarte la cabeza de pajaritos con ensoñaciones estúpidas que jamás tendrás, pero que alguna vez creíste tener. "Todo es mucho más simple y natural de lo que crees", me vuelvo a decir. Pero yo ya no estoy tan seguro. De un tiempo para acá todo se ha vuelto más árido. Será que me estoy haciendo mayor (joven, pero cada vez más viejo, es ley de vida), y el transcurrir de los años me va mostrando esos fantásticos caminos y alternativas; son tan fantásticos que no sé cuál coger a veces, si el de la soga, o el de la inyección letal. Pero todo es tan sencillo… cojas el camino que cojas, siempre acabarás en una fosa común. ¿Qué más da el camino a pisar, si siempre te caerás de bruces por culpa de alguna piedra moribunda, o clavándote una puntilla infectada con el tétanos?

Llegué a tierras costeras hace poco más de un mes, y apenas he terminado de ordenar mi cuarto cuando ya me encuentro inmerso en los planes para septiembre, esos fatídicos treinta días en los que no paro de ir y venir, de examen en examen, mientras voy perdiendo paulatinamente el poco color que adopté allá por julio (y ya pasó) No me marqué grandes objetivos para la época estival, pues mi situación física y psicológica eran lo suficientemente precarias como para conformarme con una leve mejoría. Pero cuanto menores sean tus aspiraciones, menos alcanzas. Y eso es lo que me pasa. Que cada vez tengo menos. Aquí y allí. Las piezas inamovibles de mi juego son la familia, cómo no, pero más allá de sus fronteras debe haber algo, NECESITO tener algo. Algo hay, algo hay… pero no es suficiente (pensamiento inteligente, pues a cuanto menos se aspire…)

¿Qué más da? A la mierda con todo. Un amigo me dijo hace poco que teniéndose a uno mismo, no se necesita cosa alguna. Me meteré a ermitaño. "El gallipato ermitaño" es un gran nombre para un blog, sin duda. Penoso. Tengo olvidado el blog, y estoy pensando en cambiarle el nombre. Es lo que tiene una noche de verano, de calor seco y a la par pegajoso; le doy vueltas a todo, menos a la cama. Si antes me costaba trabajo ir a realizar viajes astrales, ahora ya es una misión poco menos que imposible.

Muchísimas veces caigo en la tentación de hacer planes para el próximo curso y desear que llegue ya. Es absurdo, pues hace poco estaba deseando la llegada del estío, y descansar. ¿Y sucede que no estoy descansando? Mala suerte, pero el próximo curso ya caerá, y pasará, y volverá el verano, y se irá de nuevo… cada vez más rápido. Por ello es preferible vivir el momento mientras no haya motivos para desear eternidades o aplazar acontecimientos (es irónico que piense así cuando hasta hace poco pensaba de forma opuesta, mas no tengo mayor remedio) Sin ir más lejos, no he hecho el Camino de Santiago este año porque pensaba que me quedaría sin capital para afrontar el resto del verano; de repente me he encontrado con un ingreso inesperado, y con él me podría haber permitido ese viaje purificador. Todo por culpa de ser previsor. ¿Por qué todo es tan difícil? Si se es previsor, ocurren cosas inesperadas, y si no, suceden cosas previstas pero que no se tuvieron en cuenta. Quien quiera que seas, deja ya de reírte de mí, ¡déjame en paz!

Total, la conclusión que saco a todo esto es que el pequeño ventilador ha aireado mi sopa de letras cerebral tanto como para transformarlo en caldo de puchero pasado. Todo es muy sencillo, pero tan complicado a la vez… ¡anda y olvídame!

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