31 agosto 2005

El Cebolla

Con un año y medio subido a mi joven giba, mi madre había estado leyendo en una revista que los niños con predisposición a no dejar vivir a los padres necesitan el doble de atención, pues fruto del descuido los niños podrían evolucionar cual Pokémon a un estado de frenesí perpetuo, con el consiguiente mal a la sociedad en forma de asesinatos, atracos, y fumar cigarrillos. Por su puesto, mi padre dijo que no consentiría tener a un niño fumador en la progenie y pidieron cita para un psicólogo, el Doctor Cebolla.

Yo ya emitía ruidos por mi boca como embrión de palabras. No obstante no pude poner objeción a la decisión de enviarme al psicólogo. Los bebés, por desgracia, no tienen derecho a voto; de ser así, este mundo iría mucho mejor: habría piruletas gigantes por las calles en lugar de señales de tráfico, los tubos de escape de los vehículos expulsarían algodón dulce, y las cacas de perro serían de chocolate. Pero como la realidad es bien distinta, una buena mañana tuve la primera cita con el Doctor, al que a partir de ahora lo llamaré cariñosamente, por cuestiones de confianza, el Cebolla.

El consultorio era sencillo. Haciendo un gran esfuerzo memorístico puedo reconstruir el lugar: paredes blancas, con una puerta (lugar por el cual entramos), y unas ventanas, que llegaban casi hasta el suelo en la pared del fondo, cubiertas por unas cortinas blancas cuyos bajos rozaban con el mármol del piso. La mesa se situaba justo en el centro, y frente a ella había un par de sillas para los pacientes. Un único armario empotrado al lado de la puerta era el espacio de almacenamiento disponible (quizás hubiera un cajón en la mesa, un hueco suculento donde esconder objetos prohibidos) No había ordenador; por aquella época un objeto así era privilegio casi exclusivo de científicos y gente pudiente. Pero un psicólogo especializado en bebés desequilibrados no tenía una economía muy boyante. Juraría que un papel y un lápiz era todo lo que acaparaba la mesa.

El Cebolla solía rezumar sudor hasta empapar su camisa. Podría tratarse de un síntoma de inseguridad, mal asunto. Eso quizás explique todo lo que aconteció posteriormente.

Lo dijo un gallipato sobre las 02:42 Envíalo por email:
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6 comentario(s):

a las 31/8/05 08:37, Anonymous LaRanaBudWeisEr dijo...

Curioso el nombre del doctor, mejor no haremos rimas con él...

 
a las 31/8/05 14:53, Blogger Gallipato dijo...

Rana, deja, deja, no profieras tacos, pues los censores de Blogger podrían cerrar mi ciénaga. Espero que tu estancia aquí sea de tu agrado, con la temperatura del agua en su punto, suficientes nenúfares donde saltar...

 
a las 31/8/05 15:33, Blogger Deneb dijo...

Eso eso, no digais tacos q os saco la bandera negra xDD

No he podido evitar acordarme de Camacho cuando hablabas de la camisa del señor Cebolla... Miedo me da lo q pudo acontecer después.

 
a las 31/8/05 18:26, Anonymous LaRanaBudWeisEr dijo...

Muy confortable tu rinconcito, sí señor ;)

 
a las 31/8/05 23:00, Anonymous la dama dijo...

es que eras un bebe desequilibrado?

Ya se te pasó verdad?bueno de todas formas me alegra leerte de nuevo.

Un aludo
la dama

 
a las 1/9/05 02:29, Blogger Gallipato dijo...

Deneb, tranquila, que sólo es una forma de dar continuidad a mi relato. No hubo asesinatos ni catástrofes reseñables.

Rana, estás invitada a darte el chapuzón diario en esta vuestra ciénaga, regentada por mí.

Dama, ay, Dama... no estaba desequilibrado, simplemente era un tanto... especial. Te recomiendo que leas cuando puedas el relato desde el comienzo, a partir del post titulado Los cimientos. Eso te dará una pequeña idea de todo. Me alegro con tu vuelta.

 

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