11 marzo 2005

La vida de un pollo (por Kikirikini) - parte III

Por fin, esta es la última parte del relato del pollo este:

Quedamos en que me retiré de los ruedos porque ya no daba pie con bola, y estaba envejeciendo. A partir de ese momento me apartaron del corral. Me quedé en el paro, y como en el mundo de los gallos no hay cola del INEM, me tuve que fastidiar.
Estos fueron los peores años de mi vida, y eso que los anteriores eran malos: todos los pollos y gallolescentes cantaban mejor que yo, combatían mejor que yo, y... es muy duro admitirlo, pero también ligaban más que yo. No soy envidioso, pero esos seres plumíferos me caen fatal: son tan presumidos que... mejor ni lo digo. Ya he tenido más de un enfrentamiento con ellos, aunque no llegué a pegarles, porque me tirarían al suelo de un solo golpe.
Al estar en la última etapa de la vida, me ocurrieron otra serie de monstruosidades peores que las de la gallolescencia.
Me levanté una mañana, con las patas agarrotadas como siempre, aunque ya se me quedaron tiesas de por vida, y con el ojo derecho cerrado, como es normal en mí. Lo que pasa es que al poder abrir el ojo derecho, se me cerró el izquierdo, y así estoy: cuando se me abre un ojo, se me cierra el otro. Bueno, la cosa es que me levanté, andando como un robot, y me puse frente al espejo. Contemplé a un ser, yo, con el pico caído, mustio, mi carne medio al descubierto, desplumado en algunas zonas de mi cuerpo. Las pocas plumas que me quedaban adquirieron un verdoso insano. La cresta estaba completamente caída, tapándome la vista del ojo izquierdo, al que le tocaba estar abierto en ese momento, y por debajo de mi pico colgaban dos cosas alargadas, arrugadas, y que habían perdido su anterior color rojo vivo para ser ahora de un tono grisáceo. Dije:
— ¡Por fin ha llegado mi hora!
Pero, ciertamente, no me llegó, pobre de mí. Todavía me quedaba más tiempo por delante para sufrir.
Mi mujer desapareció misteriosamente, y a mí se me antojó pasarme el resto de mi vida sentado en una silla de ruedas, para dar más pena.
El dueño de la granja, al verme en tal estado, me llevó a un pequeño corral, aunque no merece tal nombre: Lleno de moho, cosas oxidadas, y como me corte con una de esas voy a coger algo malo, con mucha humedad, que es mala para mi reuma, y con las paredes elásticas, aunque sean de madera. Eso no es todo: el corral en cuestión no parece tal, sino que es enteramente el Hogar de los Gallos Pensionistas, con tantas gallinas viejas y viudas, porque no estoy solo: no me conseguí librar de esas gallinas insoportables.
Pero después de todo estoy contento, porque al fin dejaré esta mísera vida: Será mañana. No me suicidaré, no, que ya me hubiera gustado: me llevarán a la “Noria Caliente“, que es así como llamo yo a un asador de pollos.
Yo no tengo nada contra los humanos, pero, como mi carne está en tan mal estado, espero que se pongan malos de una indigestión al comerme (¡asesinos!)
Mi felicidad es tan enorme… dejo el Hogar de los Gallos Pensionistas, dejo a mi mujer, que volvió para contarme que me ha estado engañando con un gallo importado de Inglaterra, dejo de ver a los malditos pollos y gallolescentes, y dejo, en general, mi monótona vida. Con esto pongo punto y final a mi autobiografía, que si te ha sabido a poco te fastidias porque mi vida ha sido así y no hay más que contar. Quizá lo más apasionante, y es que soy masoquista, ocurra mañana.
Fdo:
Kikirikini del Corral Asado
FIN
Lo dijo un gallipato sobre las 16:03 Envíalo por email:
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