La vida de un pollo (por Kikirikini) - parte II
El relato continua por aquí:
Un buen día pude ver cómo se me abultaba una parte del cuello, habían crecido mis patas y, si antes era zambo, ahora lo era más todavía. Contemplando con horror delante del espejo las monstruosidades que me habían ocurrido, observé que mi madre, que en paz descanse, y no lo digo más veces porque estoy hasta la misma cresta de decirlo, se me acercaba por detrás y me decía:
— ¿Qué te ocurre, mi pollito bonito? — eso lo decía para cumplir.
— ¡Madrecita querida, mira lo que tengo en el cuello! — dije yo.
— ¡Oh! ¿Ya? — se sorprendió mi madre, y no digo más “que en paz descanse” — ¡Qué pronto! ¡Mira, papá!
Entonces vino mi padre, que en paz descanse también él, y dijo:
— Vaya, vaya... mi hijo ya es un gallo...
Yo no entendía nada. Ese día me lo pasé entero haciéndome preguntas sobre qué significaba eso de “mi hijo ya es un gallo”.
A la mañana siguiente me levanté temprano, y comprobé que mis raquíticas patas, que ya eran así desde mi nacimiento, se asomaban por la cama. Salí corriendo para ponerme frente al espejo y contemplé que se estaba descolgando una cosa colorada por debajo de mi largo y verdoso pico. Asustado, lancé un grito de espanto, y de pronto me quedé mudo, comprobando que mi voz se había hecho más grave. Comencé a llorar desconsoladamente. Puse las manos sobre mi cabeza, palpando mi supuesta pequeña cresta, la cual estaba bastante crecida. Me desmayé.
Cuando pude abrir los ojos, observé a mi padre, que en paz descanse otra vez, mirándome fijamente. Finalmente dijo:
— Hijo, ya no vas a tener más clases con ese profesor.
— ¿Se ha muerto? — pregunté yo, emocionado.
— ¡No me seas más bestia! Tengo que explicártelo en una charla de gallo a gallo, porque ya no eres un pollo.
Esas palabras se me quedarán grabadas en la mente para el poco tiempo que me queda. La charla no llegó nunca, pues en esa misma tarde perdí padre, ya descansando en paz, y madre. Sin embargo, no me hizo falta esa charla, ya que a los pocos días entendí a qué se debían todos mis cambios corporales: estaba en la gallolescencia.
A partir de esos momentos sí que empecé a sufrir de verdad las miserias que me deparaba la vida. De primeras, me quedé totalmente solo para afrontar mi accidentada vida, y además desaparecieron misteriosamente mis otros compañeros (seguramente les retorcerían el pescuezo los humanos para hacer con ellos un sangriento acto al que llaman almuerzo) En el corral habían sobrevivido todas las gallinas (ya no eran pollitas) y yo, el Elegido, el Rey del Corral.
Con estas gallinas no se podía hablar de peleas de gallos, ni de cosas de machos. Siempre estaban cuchicheando entre si, rajando de las gallinas no presentes: que si tenía una cresta demasiado voluminosa... que si tenía el pico demasiado corto, largo, chato o afilado... que si no lavaba bien la ropa... que si esto... que si lo otro... ¡tonterías! Y después de todo, parecerá increíble, pero estas afiliadas al cotilleo se insinuaban delante de mí, y no porque fuese un gallo-symbol, sino porque no había otro.
Hasta ese momento siempre estuve deseando posarme en la vieja noria de al lado del corral para poder despertar al dueño de la granja con mi desafinado canto. Sin embargo, cuando me llegó el turno, supe que estuve pensando idioteces anteriormente: me tenía que levantar cuando sólo llevaba unas horas de sueño, después de una fiesta nocturna, y encima el tío se quejaba de lo temprano que se tenía que levantar. ¿Y yo qué?
En una de esas madrugadoras jornadas de trabajo, realicé uno de mis mayores actos heroicos:
Esa mañana, como todas, me levanté de la cama con el ojo derecho cerrado, que se despierta dos horas después del izquierdo. Tenía las dos patas agarrotadas, con lo que parecía un robot andando, y me fui directamente a la noria a cantar. Con el esfuerzo de subir con las patas tiesas, se me pasó lo del agarrotamiento. Ya en lo alto, canté lo justo. Tan bien me salió, que comencé a cantar por bulerías. Bailando, me resbalé, cayendo en el estiércol para los cerdos. Salí rápidamente de allí. Me erguí y descubrí a un zorro penetrando en el corral sigilosamente. Con otra actuación magistral, avisé cantando a todas las gallinas del peligro que se cernía sobre ellas. Corriendo, llegué a tiempo de que todas se despertaran y salieran despavoridas del corral, dejándome aplastado en el suelo al pisotearme. El zorro salió de allí dirigiéndose a terreno desconocido para mí: el establo.
Pasado el rato de turbación, la portavoz del grupo de las gallinas especialistas en las noticias del corazón se dirigió hacia mí y me dijo:
— Demostrando nuestra gratitud por habernos salvado la vida, te ofrecemos la posibilidad de poder elegir a una gallina de entre nosotras como tu futura esposa.
¡Jo! Yo no me esperaba eso. En mi mente se estaba desarrollando el calendario de ese año, y no cabía duda: había llegado la época del apareamiento. Al menos me podrían haber dejado un tiempo de reflexión, aunque no habría servido de mucho, porque todas las gallinas eran iguales. Precisamente por eso escogí a mi esposa (¡glup!) echándolo a suertes, y no me pudo tocar otra: la gallina elegida resultó ser una que pasó desapercibida antes. Era la más fea y desagradable que he visto en mi vida de gallo. Encima cada vez que hablaba se le escapaban por la boca gotas de saliva que me llenaban toda la cara. Un verdadero infierno, pero el juego es el juego.
Con el lío del matrimonio se me olvidaba despertarme para cantar al amanecer. El dueño de la granja se hartó de mí y un día me dio un azote. Yo, para vengarme, le picoteé fuertemente la mano con la que me pegó. Soltó un grito y después dijo:
— Te vas a venir conmigo. Verás qué negocio hago contigo...
Yo pensé que me llevaría a que me retorcieran el pescuezo y que mi vida por fin se terminaba, pero no fue así. Me convertí en un gallo de pelea. Sembraba el terror en todos los ruedos que pisaba. Siempre ganaba, pero como todo lo bueno, si breve, dos veces bueno, me retiré, más que nada porque ya me estaban dando más golpes que de costumbre, y no quería perder.
Mirándolo por el lado bueno, podría haber seguido, y entonces perder, morir y olvidarme de ese rostro tan espantoso que veía todas las mañanas cuando me despertaba: mi mujer.
Llegados a este punto de mi autobiografía, se acaba mi edad de la juventud, y directamente paso a la última etapa de la vida que me queda: la chochera. Los gallos no tenemos edad adulta, por eso vivimos tan poco...
Un buen día pude ver cómo se me abultaba una parte del cuello, habían crecido mis patas y, si antes era zambo, ahora lo era más todavía. Contemplando con horror delante del espejo las monstruosidades que me habían ocurrido, observé que mi madre, que en paz descanse, y no lo digo más veces porque estoy hasta la misma cresta de decirlo, se me acercaba por detrás y me decía:
— ¿Qué te ocurre, mi pollito bonito? — eso lo decía para cumplir.
— ¡Madrecita querida, mira lo que tengo en el cuello! — dije yo.
— ¡Oh! ¿Ya? — se sorprendió mi madre, y no digo más “que en paz descanse” — ¡Qué pronto! ¡Mira, papá!
Entonces vino mi padre, que en paz descanse también él, y dijo:
— Vaya, vaya... mi hijo ya es un gallo...
Yo no entendía nada. Ese día me lo pasé entero haciéndome preguntas sobre qué significaba eso de “mi hijo ya es un gallo”.
A la mañana siguiente me levanté temprano, y comprobé que mis raquíticas patas, que ya eran así desde mi nacimiento, se asomaban por la cama. Salí corriendo para ponerme frente al espejo y contemplé que se estaba descolgando una cosa colorada por debajo de mi largo y verdoso pico. Asustado, lancé un grito de espanto, y de pronto me quedé mudo, comprobando que mi voz se había hecho más grave. Comencé a llorar desconsoladamente. Puse las manos sobre mi cabeza, palpando mi supuesta pequeña cresta, la cual estaba bastante crecida. Me desmayé.
Cuando pude abrir los ojos, observé a mi padre, que en paz descanse otra vez, mirándome fijamente. Finalmente dijo:
— Hijo, ya no vas a tener más clases con ese profesor.
— ¿Se ha muerto? — pregunté yo, emocionado.
— ¡No me seas más bestia! Tengo que explicártelo en una charla de gallo a gallo, porque ya no eres un pollo.
Esas palabras se me quedarán grabadas en la mente para el poco tiempo que me queda. La charla no llegó nunca, pues en esa misma tarde perdí padre, ya descansando en paz, y madre. Sin embargo, no me hizo falta esa charla, ya que a los pocos días entendí a qué se debían todos mis cambios corporales: estaba en la gallolescencia.
A partir de esos momentos sí que empecé a sufrir de verdad las miserias que me deparaba la vida. De primeras, me quedé totalmente solo para afrontar mi accidentada vida, y además desaparecieron misteriosamente mis otros compañeros (seguramente les retorcerían el pescuezo los humanos para hacer con ellos un sangriento acto al que llaman almuerzo) En el corral habían sobrevivido todas las gallinas (ya no eran pollitas) y yo, el Elegido, el Rey del Corral.
Con estas gallinas no se podía hablar de peleas de gallos, ni de cosas de machos. Siempre estaban cuchicheando entre si, rajando de las gallinas no presentes: que si tenía una cresta demasiado voluminosa... que si tenía el pico demasiado corto, largo, chato o afilado... que si no lavaba bien la ropa... que si esto... que si lo otro... ¡tonterías! Y después de todo, parecerá increíble, pero estas afiliadas al cotilleo se insinuaban delante de mí, y no porque fuese un gallo-symbol, sino porque no había otro.
Hasta ese momento siempre estuve deseando posarme en la vieja noria de al lado del corral para poder despertar al dueño de la granja con mi desafinado canto. Sin embargo, cuando me llegó el turno, supe que estuve pensando idioteces anteriormente: me tenía que levantar cuando sólo llevaba unas horas de sueño, después de una fiesta nocturna, y encima el tío se quejaba de lo temprano que se tenía que levantar. ¿Y yo qué?
En una de esas madrugadoras jornadas de trabajo, realicé uno de mis mayores actos heroicos:
Esa mañana, como todas, me levanté de la cama con el ojo derecho cerrado, que se despierta dos horas después del izquierdo. Tenía las dos patas agarrotadas, con lo que parecía un robot andando, y me fui directamente a la noria a cantar. Con el esfuerzo de subir con las patas tiesas, se me pasó lo del agarrotamiento. Ya en lo alto, canté lo justo. Tan bien me salió, que comencé a cantar por bulerías. Bailando, me resbalé, cayendo en el estiércol para los cerdos. Salí rápidamente de allí. Me erguí y descubrí a un zorro penetrando en el corral sigilosamente. Con otra actuación magistral, avisé cantando a todas las gallinas del peligro que se cernía sobre ellas. Corriendo, llegué a tiempo de que todas se despertaran y salieran despavoridas del corral, dejándome aplastado en el suelo al pisotearme. El zorro salió de allí dirigiéndose a terreno desconocido para mí: el establo.
Pasado el rato de turbación, la portavoz del grupo de las gallinas especialistas en las noticias del corazón se dirigió hacia mí y me dijo:
— Demostrando nuestra gratitud por habernos salvado la vida, te ofrecemos la posibilidad de poder elegir a una gallina de entre nosotras como tu futura esposa.
¡Jo! Yo no me esperaba eso. En mi mente se estaba desarrollando el calendario de ese año, y no cabía duda: había llegado la época del apareamiento. Al menos me podrían haber dejado un tiempo de reflexión, aunque no habría servido de mucho, porque todas las gallinas eran iguales. Precisamente por eso escogí a mi esposa (¡glup!) echándolo a suertes, y no me pudo tocar otra: la gallina elegida resultó ser una que pasó desapercibida antes. Era la más fea y desagradable que he visto en mi vida de gallo. Encima cada vez que hablaba se le escapaban por la boca gotas de saliva que me llenaban toda la cara. Un verdadero infierno, pero el juego es el juego.
Con el lío del matrimonio se me olvidaba despertarme para cantar al amanecer. El dueño de la granja se hartó de mí y un día me dio un azote. Yo, para vengarme, le picoteé fuertemente la mano con la que me pegó. Soltó un grito y después dijo:
— Te vas a venir conmigo. Verás qué negocio hago contigo...
Yo pensé que me llevaría a que me retorcieran el pescuezo y que mi vida por fin se terminaba, pero no fue así. Me convertí en un gallo de pelea. Sembraba el terror en todos los ruedos que pisaba. Siempre ganaba, pero como todo lo bueno, si breve, dos veces bueno, me retiré, más que nada porque ya me estaban dando más golpes que de costumbre, y no quería perder.
Mirándolo por el lado bueno, podría haber seguido, y entonces perder, morir y olvidarme de ese rostro tan espantoso que veía todas las mañanas cuando me despertaba: mi mujer.
Llegados a este punto de mi autobiografía, se acaba mi edad de la juventud, y directamente paso a la última etapa de la vida que me queda: la chochera. Los gallos no tenemos edad adulta, por eso vivimos tan poco...
[continuará]
| Lo dijo un gallipato sobre las 20:53 |
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