La vida de un pollo (por Kikirikini) - parte I
Si algo tenemos los gallipatos, es que podemos pasar ignorados por cualquier lado y realizar grandes gestas gracias a esta habilidad. En una de mis exploraciones matutinas, he extraído este material de un corral que no se encuentra lejos de mi habitáculo, y puede significar la confirmación de que no estoy solo en el mundo, de que hay más animales que se expresan con desgarrador sentimiento. Como es tan largo, dejo ahora mismo la primera parte del texto:
No recuerdo muy bien mi lactancia en el gallinero. Lo único que sé es que tuve mucha suerte de que no me cogieran cuando era huevo para hacer conmigo una tortilla de patatas. Crecí y me crié entre pollos de mi misma generación. Siempre fui el rey del corral, pero sin embargo mis otros compañeros se reían de mí y me decían cosas muy fuertes para un pollo de mi edad, y que además no debería mecanografiar en este relato, mi autobiografía.
A decir verdad, no era muy afortunado con las compañías. Encima, mi círculo de amistades se cerraba aún más cuando mi madre, que en paz descanse, me gritaba en el oído (los pollos no tenemos orejas) y me decía:
— ¡Kikirikini — que, por si no lo sabías, es mi nombre —, te he dicho mil veces que no te juntes con esa chusma! Yo quiero para ti lo mejor — por eso soy ahora así de desgraciado, porque obedecí a mi madre, que en paz descanse de nuevo —, y deberías hacerme caso.
Entonces yo la ignoraba, y al llegar al corral mi madre me esperaba en la puerta con un cinturón, sujetándolo fuertemente con sus emplumadas manos y dispuesta a dejarme sin plumones, y decía:
— ¡Te he estado espiando — yo siempre podía disfrutar de mi libertad — y otra vez he visto que estabas con ese pollo tan peleón! Prepárate porque de ésta sí que no te libras: Recuéstate en mi regazo.
Esta última expresión no la decía para que me pusiera a llorar contándole mis penas, por muy acogedora que suene, sino para darme en donde la espalda pierde su nombre con el cinturón. La extraordinaria potencia que tenía en su brazo solamente la reservaba para ocasiones tan especiales como esas.
Como era el príncipe heredero del corral, tenía un profesor particular y no estaba obligado a levantarme tan temprano como los demás pollos, aunque las cosas cambiaron más tarde, lo cual ya lo contaré más adelante en estas líneas. Era muy mal estudiante, y por más que me esforzara memorizando todas las lecciones, se me olvidaban en el momento cumbre del examen.
Ya dije anteriormente que no era muy afortunado con las amistades, pero sin embargo tenía mucha suerte cuando tocaba coger a pollos de mi edad para retorcerles el pescuezo (tú ya me entiendes...) Ahí era cuando me reía yo a carcajada limpia viendo cómo los que me insultaron antes ahora sufrían, y a mí no me atrapaban.
Así se desarrolló mi triste y angustiosa infancia...
[continuará]
| Lo dijo un gallipato sobre las 20:52 |
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