En el campito
Ya regresé de mi encuentro conmigo mismo. Agotado, con… bueno, mejor vamos por partes y en orden cronológico. Todo comenzó con un despertar muy madrugador el Martes Santo...
22-03-05
He llegado a mi hábitat. Una vez establecida la posición de mi madriguera, puedo divisar desde la ventana el hermoso paisaje que se expande más allá de las vacas. La brisa me acaricia la piel, pues el refugio está orientado de forma que una entrada da al Norte, y otra al Sur, provocando esa corriente tan agradable que invita a quedarse lagarto.
Este año parece ser que las vacas tienen diarrea, pues la zona está anegada por cacas enormes y apestosas; de hecho, nos hemos visto obligados a cambiar la posición del campamento, pues no somos capaces de quitar todos los excrementos del lugar donde solíamos ponernos en ocasiones anteriores. Y por si eso no fuera poco, en la entrada a la zona hay dos cadáveres de estos rumiantes devorados por las moscas. Mal agüero. Hablando de agua, no parece que vaya a llover, aunque sí hay nubes pasajeras.
El primer día transcurre sin más consecuencias. He intentado sacar tiempo para encontrar a mi amiga la rana, pero no ha sido posible, pues pronto se ha hecho de noche, y quién sabe qué oscuros peligros aguardan en la espesura de la hierba del campo cuando se esconde el sol...
23-03-05
Me ha despertado el golpeteo de la lluvia al caer sobre la madriguera. Es una de las mejores sensaciones que puedo experimentar en este mundo: estar bajo un aguacero, pero sin mojarte, oyendo la tormenta a tu alrededor, alcanzando a olfatear la hierba mojada.
Hoy sí que está completamente nublado. Y además llueve a ratos. A nuestra nutrida tribu de once especimenes de los más variados animales se han adherido tres más. La vuelta a mi hábitat natural está resultando de lo más relajante: mucha comida, poca actividad, y muchas rondas de chistes. Las parejas se retiran pronto del campamento para procrear. Tan sólo quedamos cinco bichos alrededor de una hoguera que se ha resistido a sucumbir bajo las aguas. No duramos demasiado, pues aunque la noche sea clara (se han ido las nubes y han dado paso a una resplandeciente luna y unas centelleantes estrellas), nuestras mentes caen pronto en la oscuridad (o claridad, según se mire) del sueño.
24-03-05
Amanece el Jueves Santo en el campamento. Una vaca equipada con un cencerro no ha parado de pasearse al libre albedrío por el campamento; qué dolor de cabeza da escuchar el continuo tolón-tolón toda la noche, eso deja secuelas. La noche anterior también estuvo rondando, pero no tanto como hoy. Las cacas de vaca se han multiplicado y resecado, pues hoy, nuevamente, ha resurgido un sol llameante.
Estoy cambiando, algo se mueve dentro de mí: no me agrada tomar el sol hasta coger una insolación, prefiero estar (como en estos momentos) dentro de mi refugio con una corriente que acaricia mi húmeda piel requemada. Ya se han ido cuatro compañeros, así que pasaremos las últimas veinticuatro horas únicamente diez. A la hora en la que el sol pierde fuerza y no es capaz de dañar mi sensible piel, resurjo de la madriguera para presenciar una cruenta escena:
Se ha formado un corro en torno a la hoguera, pues dos caballeros de Morcia han caído fruto de las llamas, tras un sanguinario combate sobre el tronco que mantiene viva la pira. Los pobres caballeros de Morcia, que habían llegado ocultos a nuestro campamento en sendas cajas de cereales, han sido enterrados con todos los honores en las cálidas tierras que se extienden junto al riachuelo donde extraemos el agua para beber.
Por la noche, hemos tenido nuestra última cena en el campito, y a dormir.
25-03-05
Ha amanecido soleado. Todo ha sido muy rápido: levantarse, recoger bártulos, nublarse, llover, y salir corriendo con las cosas como buenamente hemos podido cargar. En el camino de vuelta he sentido un nudo en el estómago pensando que este año no me he encontrado con mi amiga la rana. ¿Qué le habrá ocurrido para no haber visitado nuestro campamento? Igual también ella ha aprovechado para cambiar de aires y visitar la ciudad en las vacaciones. Es curioso, pero los seres de ciudad tienden a irse a lugares donde desconectar del fugaz mundo, mientras que los seres rurales desean conocer la contaminación y la agitación del día a día metropolitano. Si es que siempre se nos antoja la comida del vecino...
Después de unos días de poco descanso (no hay nada como el lecho propio), poca higiene, y mucho comer, me encuentro con mal cuerpo, como mareado, con fatiga. También se podría pensar que el ambiente de este año ha sido poco propicio para “encontrarme a mí mismo”, pues predominaban las parejas por encima del grupo. Quizás lleven razón los que piensan así, y quizás no. Sinceramente, me alegro y me encanta ver el amor y la amistad que se profesan Patatita y Chiki. A ellos les dedico estas escasas líneas que componen el post, pues son el fiel reflejo de lo que creí ser, no soy, y anhelo. Mientras, yo sigo mi camino, purificado por el aire de la naturaleza, y desahogado al comprobar que la mejor terapia es comunicar tus pensamientos a la gente que te quiere escuchar.
El año que viene volveremos a vernos, querido campito...
PD: Una vez más, las imágenes han sido por cortesía de Patatita, cómo no.
| Lo dijo un gallipato sobre las 22:44 |
EnvÃalo por email: |
| 1 comentario(s) | |


1 comentario(s):
Gracias por la dedicatoria, me alegro de estar tan presente en tu blog. Sigue así Gallipato.
Fdo:
Patatita
Publicar un comentario en la entrada
<< ámono pa'trá