28 enero 2007

Adiós, Vicky

Se quedó dormida y ya no se volvió a despertar. Un hámster más que muere enjaulado. Vicky era la ratita que le regaló una amiga a mi hermana por su cumpleaños, y ha vivido durante (si no me equivoco) más de dos años, todo un récord para un animal tan pequeño. Recibió todo tipo de atenciones, e incluso llegó a ser llevada en un par de ocasiones al veterinario.

Comía de todo: frutos de secos, pan, patatas, carne, queso, gambas, jamón, aceitunas... No era para menos, pues su prisión estaba situada junto al frigorífico, en pleno epicentro del festival de olores atractivos que supone una cocina. No tardó en aprender a pedir comida trepando por los barrotes de su celda. Nosotros la mirábamos como un prodigio, como si fuera un juguete de última generación, reíamos la gracia y le pegábamos la almendra al hocico. La atrapaba, bajaba de su posición y, ya en suelo firme, encorvaba el cuerpo para mordisquear su nuevo manjar.

Por supuesto, el entretenimiento mayor de Vicky era correr en la rueda. Sutil manera de engañar a un animal, ofreciéndole la libertad de correr más allá de las rejas de su celda sin moverse de ella. Corría hasta quedar exhausta, después se acercaba a la reja que tenía frente a la rueda, como si quisiera saber hasta dónde había llegado, y, viendo que no había avanzado ni un palmo, continuaba con su carrera. Ingeniosa crueldad.

Después de llevar la vida de una marquesa encarcelada, descubrió otra manera de pasarlo bien: colgarse del techo de la segunda planta de su celda y dejarse caer por el hueco de la escalera, cayendo hasta el rellano y dándose de bruces contra el bebedero.

Mi teoría es que la vejez y la locura han confluido y dado fin a la existencia de Vicky. Cuando la sacábamos de su prisión, corría titubeante, buscando de nuevo el único lugar que le daba seguridad, el mismo que le ofrecía un cautiverio por siempre. Es la reacción más lógica de un ser que no ha conocido a otros de su misma especie, imposibilitando el cumplimiento de dos funciones vitales de todo ser vivo de cierta complejidad: relacionarse y reproducirse. Vicky era una criatura antisocial, eternamente aburrida y psicótica.

No quiero tener mascotas prisioneras de la infelicidad. Para eso, prefiero un bonsái.
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18 enero 2007

¿Por qué?

Esa es la pregunta que seguramente os haréis con respecto a mi regreso. En realidad, no he terminado de regresar. El gallipato ha retornado a medias. La otra mitad soy yo.

Parece mentira, pero hace la friolera de año y más de tres meses que abandoné este pequeño hogar en el que me refugiaba cuando hacía tormenta allá afuera. En este acogedor rincón desvarié, soñé, protesté, rogué, e incluso perdoné. Llegó a ser un auténtico cajón desastre. Tan pronto como hablaba de mi soñado barco pirata, cambiaba de tercio y prevaricaba sobre los cartones de leche.

Recuerdo que me hice con mi pequeño grupo de amigos en la blogosfera. Y recuerdo también que los abandoné repentinamente, escapando de mi escudo protector, saludando al mundo y dispuesto a comérmelo. Pero fue el mundo el que se comió a un servidor.

Sería erróneo decir que he vuelto con el rabo entre las piernas, principalmente por dos razones:

  1. No tengo rabo. Al menos, el que debería figurar en la rabadilla brilla por su ausencia.
  2. Hace tiempo que pude regresar y publicar montones de entradas abriéndome el pecho para que pudierais hurgar en profundidad.

Regreso porque me apetece. Porque quiero escribir. Porque soy libre. Y cuando me apetezca, cambiaré el diseño, el título y tantas otras cosas. Lo que no cambiaré será mi forma de escribir, esa tan semejante a mi forma de hablar y que crea tanta discordia. Porque es sincera.

Bienvenidos de nuevo a mi hogar, vuestro hogar

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14 enero 2007

¿El regreso...?

Sin saber cómo, esta entrada se ha colado en el blog del desaparecido Gallipato. Según parece tiene intenciones de regresar.

Disculpen las molestias que esto haya podido causar a los navegantes. Intentaremos arreglar lo más pronto posible este bug...

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10 octubre 2005

Cambia la piel

Ha llegado el momento de decir adiós. No me veo capaz de seguir con mi bitácora, actualizándola día sí y día no como mínimo. Nunca llegué a encontrar el camino, y ahora realmente no me conviene mimar este rincón, pues estoy intentando dedicarme a múltiples cosas que me consumen el tiempo; unas son aficiones, y otras, obligaciones. Soy un proyecto de informático, y puestos a buscar excusas, pienso que no es sano sumar más horas diarias delante del ordenador a las ya casi obligatorias por estudios. En su lugar, he encontrado otras motivaciones que me pueden favorecer más.

No quiero terminar sin agradecer absolutamente a todos los visitantes de este lugar sus granitos de arena. El gallipato fue una invención que nació para expresar mis sentimientos y formas de pensar, pero por supuesto que soy humano, demasiado humano. La mayoría habrá acabado sabiendo mi nombre, y para quienes no lo conozcan aquí lo tienen: Adrián, gaditano de veintidós años recién cumplidos, y estudiante de Ingeniería Informática en Sevilla, en su quinto año, cursando cuarto. Con muchos recuerdos a mis espaldas, y millones de ilusiones que ya alcanzo a ver en el horizonte.

Os dejo la dirección de mi espacio MSN, donde muestro casi todos mis gustos y aficiones:

Adri luchando contra los elementos

Si queréis saber cómo me va, en mi perfil tenéis mi e-mail (el cual no uso para Messenger, para eso tengo otro)

Una vez más, muchas gracias por esta vía de escape. Espero que os vaya bien a todos, visitaré de vez en cuando vuestros blogs. Quién sabe si volveré pronto, con otra identidad, con otra piel.

Lo dijo un gallipato sobre las 21:06 Envíalo por email:
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29 septiembre 2005

El mejor regalo de cumpleaños

Voy a escribir unas líneas que van a levantar ampollas en mi familia, estoy seguro, puesto que ya ha sucedido en más de una ocasión durante la corta vida de esta bitácora. Lo siento, así es la vida, me gusta escribir y no me muerdo la lengua aunque en ocasiones me la tenga que meter por cierta parte oscura y maloliente.

Hoy es mi cumpleaños. No lo digo para que me felicitéis los que leáis esto a tiempo (que no es por no felicitar, que si hay que felicitar, se felicita, pero felicitar pa' ná es tontería), es algo obvio, sólo tenéis que mirar mi perfil y para ver que mi edad ha mutado. He remarcado lo del cumpleaños porque en realidad casi ni lo noto. Es verdad, no me siento especial este día. Quizás sea el cumpleaños más baladí de cuantos haya tenido. Atrás quedaron esas fiestas con globos, piñata y los veintitantos amigos del colegio. Atrás quedaron las celebraciones con tarta en familia, pues por causas del destino (y del trabajo), haciendo excepción con mi madre, no pueden estar presentes. Y atrás quedaron los amigos, salvo un par de ellos que están pero no están.

Es costumbre en mi casa celebrar cumpleaños con regalos y tarta, tengas las arrugas que tengas. Pero yo esta vez no he compuesto lista de dádivas, aun siendo desde siempre alguien que acostumbra a hacer listados enormes. Realmente, no deseo cosas materiales, y las que podría querer son bastante prescindibles por ahora y sólo colaborarían en un atasco de hobbies. Lógicamente, este pensamiento ha despertado una preocupación enorme en mi familia, que no comprende mis no mencionadas razones (lo reconozco, no las he contado para evitar más erupciones en la piel), y dan a entender que soy un amargado que por nada tiene ilusión. Y están totalmente equivocados.

El año que acaba de pasar, aquél que comenzó en septiembre de dos mil cuatro y finalizó en agosto de dos mil cinco, quedará marcado en mi memoria siempre como uno de los más improductivos y tristes. De este año puedo recordar el peor cumpleaños de mi vida, en el que me dieron un regalo en forma de mensaje de voz, destructivo cual carta bomba. De este año puedo recordar mi fracaso académico. De este año puedo recordar muchas cosas malas que no voy a nombrar para no convertir esto en una especie de funeral. También puedo recordar momentos buenos, para qué nos vamos a engañar, pues en toda basura crecen flores, pero son insignificantes si se intentan equiparar a los malos. Y el destino, o el amor de mis padres, quiso que yo naciera un veintinueve de septiembre, en plena época de operación retorno, de vuelta al cole, y puesta en orden de la rutina del nuevo curso. Por tanto, este año me echo a la espalda dos patitos en plena época de retornos, y en el epicentro de los días en los que planifico una nueva vida, casi exento de lastres de mi pasado año dinamitado.

El veintinueve de septiembre de dos mil cinco debe marcar un nuevo antes y después de éste que escribe. Durante el verano he ido haciendo los preparativos en mi mente para estar listo el mismo día después de mi vigésimo segundo aniversario, con las maletas y el resto de toneladas de equipaje inclusive. ¿Comprendéis por qué no he hecho lista de regalos? Porque el mejor regalo que puedo tener es simplemente volver a empezar mi vida, y esta vez sí que partiendo desde un cero relativo, con los buenos tintes del pasado, pero sin los malos. Sólo de pensarlo soy tan feliz como si hubiera caído en mis manos una secuela de El Señor de los Anillos escrita por el único e inigualable Tolkien.

– ¡Dinio, Dinio! ¿Qué le pides al nuevo año?
– ¡Mucho amor, mucha salud, y mucha felicidad!

Creo que me estoy haciendo mayor… ¿o poco materialista? Todo es relativo.

PD: Este post rompe completamente con los esquemas de los anteriores, que habían conseguido ponerle la vitola de humorístico al blog. Pero he de decir a mis admirados lectores que me calificaron así que a veces también me pongo serio y rezumo melancolías, furias y pasiones. Así que ya sabéis, ponedme en la lista de blogs melodramáticos XD

Nota final: A pesar de todo, siempre cae algo, no podían ser menos mis padres, y añado así una nueva camiseta de Kukuxumusu a mi colección, con el dibujo que se puede ver aquí arriba.

Lo dijo un gallipato sobre las 12:13 Envíalo por email:
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